Por César Chelala

Para LA GACETA - NUEVA YORK

Mi relación con África comenzó a principios de la década de 1980, cuando viajé por primera vez por el continente en misiones de salud pública. Desde el inicio, África capturó no solo mi atención, sino también mi imaginación. En muchos sentidos, fue como un regreso a los orígenes: mi padre había nacido allí, hijo de un inmigrante libanés que había llegado al Transvaal -entonces una provincia del noreste de Sudáfrica conocida por su riqueza mineral- para abastecer de alimentos a los mineros.

Trabajar en salud pública se convirtió en un pasaporte inesperado hacia las realidades más ocultas del continente. Mis asignaciones en 20 países africanos me llevaron mucho más allá de las rutas conocidas por los turistas: a naciones marcadas por la guerra, comunidades que absorbían oleadas de refugiados y regiones donde los sistemas de salud estaban al borde del colapso. También me permitieron ser testigo del enorme coraje con que los africanos enfrentan circunstancias extraordinariamente difíciles.

Heridas persistentes

En todo el continente persisten graves desafíos de salud pública: altas tasas de infecciones intestinales y respiratorias, desnutrición generalizada, malaria, VIH/SIDA y tuberculosis. Las infecciones intestinales y respiratorias siguen siendo una de las principales causas de muerte entre los niños menores de cinco años. Estas enfermedades agravan -y son agravadas por- la desnutrición, creando un círculo vicioso difícil de romper.

La desnutrición en sí misma continúa siendo un factor determinante de la mortalidad infantil. Puede tener consecuencias de por vida en el desarrollo físico y cognitivo, y aumenta la vulnerabilidad a otras enfermedades. Sus efectos negativos no deben subestimarse: casi un tercio de los niños en el mundo en desarrollo está desnutrido.

Según la Organización Mundial de la Salud, la región africana concentra el 95% de los casos globales de malaria -unos 265 millones en 2024- y 579.000 muertes. Los niños menores de cinco años son los más afectados, representando el 75% de todas las muertes por malaria. Tras años de descenso, los casos comenzaron a aumentar nuevamente en 2020, impulsados por la resistencia a los insecticidas, la falta de financiamiento y las debilidades de los sistemas de salud.
El África subsahariana sigue siendo también el epicentro mundial del VIH/SIDA. A comienzos de 2025, más de dos tercios de todas las personas que viven con VIH se encontraban en esta región. África austral continúa soportando la mayor carga, con tasas de prevalencia en adultos superiores al 10 por ciento en varios países. Esuatini, antes Suazilandia, tiene la prevalencia más alta del mundo, con más del 28 por ciento.

La disparidad en quienes se ven afectados es marcada. Las mujeres jóvenes y las adolescentes (de 15 a 24 años) están desproporcionadamente afectadas, representando más del 80% de las nuevas infecciones en su grupo etario en algunos países. También preocupa a los responsables de salud pública la aparición de cepas del VIH resistentes a los medicamentos, que amenazan la eficacia de los tratamientos actuales. Además, grupos marginados -como trabajadoras sexuales, hombres que tienen sexo con hombres y personas que se inyectan drogas- siguen enfrentando altos niveles de estigma e incluso barreras legales que les impiden acceder a la atención.

La tuberculosis continúa cobrando un alto precio. Más de un tercio de las muertes globales por TB ocurren en la región africana, que registra unos 2,5 millones de casos anuales y 424.000 muertes en 2022. El aumento de la TB multirresistente -difícil y costosa de tratar-, combinado con el hacinamiento, la desnutrición y las malas condiciones de vida, alimenta su propagación.

Resiliencia frente a la adversidad

Numerosas organizaciones e individuos trabajan para mejorar las condiciones de salud en el continente, entre ellas la OMS y otras agencias de la ONU que brindan asistencia alimentaria, apoyo técnico y fortalecimiento de los sistemas de salud. Sin embargo, los recientes y drásticos recortes en la financiación de Usaid han tenido un impacto profundamente negativo. Durante años, Usaid ha sido uno de los principales proveedores de asistencia sanitaria en África, representando alrededor del 31 por ciento de toda la ayuda exterior estadounidense. Estos recortes han interrumpido tratamientos de VIH, paralizado programas de malaria y TB, y afectado gravemente los servicios de salud materno-infantil.

Estos son solo algunos de los desafíos que enfrentan los africanos, y aun así los encaran con gracia y valentía. Lo que más perdura en mí de mis viajes no es solo la dureza de las circunstancias, sino la extraordinaria resiliencia que encontré en todas partes. Siglos de explotación por parte de potencias coloniales pueden haber fortalecido la determinación de los africanos para superar la adversidad. Incluso en las situaciones más difíciles, la gente muestra una notable capacidad de resistencia, enfrentando los desafíos con humor, dignidad y un apetito por la vida que no se extingue.

En los últimos años, pese a la gravedad de la situación, África ha logrado avances importantes en salud pública. En varios países, las nuevas infecciones por VIH han disminuido; las muertes relacionadas con el SIDA han caído un 64 por ciento gracias a la terapia antirretroviral; la esperanza de vida ha aumentado de 56,5 años en 2010 a 62,3 años en 2024; y la transmisión del VIH de madre a hijo ha descendido significativamente en muchas zonas. Son logros notables para un continente que enfrenta pobreza generalizada, educación limitada, saneamiento insuficiente, servicios de salud frágiles y el creciente impacto del cambio climático.

Muy temprano en mis viajes llegué a creer que, en efecto, existen dos Áfricas. Una es la versión que domina los titulares globales: un continente definido por la pobreza, la enfermedad y el conflicto. La otra es la África que conocí de primera mano: una sociedad dinámica y trabajadora, formada por hombres y mujeres que luchan por un futuro mejor; un lugar lleno de niños cuya energía y curiosidad desafían las narrativas sombrías que se les imponen; un continente rico en risas, música y creatividad.

Es ésta África la que me da esperanza en un futuro más luminoso.

© LA GACETA

César Chelala - Consultor en Salud Pública, periodista y escritor. Co-ganador del premio del Overseas Press Club por un artículo publicado en “The New York Times”. Llevó a cabo misiones relacionadas con la salud en más de 50 países de todo el mundo.